- En Torno a La Funcion Del Capital, Joaquín Reig
- Reflections On the Keynesian Episode, W. H. Hutt
- Ludwig Von Mises and the Market Process, L. M. Lachmann
- Values, Prices and Statistics, Bettina Bien
- The Tax System and a Free Society, Oswald Brownlee
- How “should” Common-access Facilities Be Financed?, James M. Buchanan
- Pitfalls In Planning: Veterans' Housing After World War Ii, Marshall R. Colberg
- Presents For the Poor, R. L. Cunningham
- Restrictions On International Trade: Why Do They Persist? W. Marshall Curtiss
- “human Action”, E. W. Dykes
- The Genius of Mises' Insights, Lawrence Fertig
- On Behalf of Profits, Percy L. Greaves, Jr.
- Tax Reform: Two Ways to Progress, C. Lowell Harriss
- The Future of Capitalism, Henry Hazlitt
- Prices and Property Rights In the Command Economy, Arthur Kemp
- The Inevitable Bankruptcy of the Socialist State, Howard E. Kershner
- Entrepreneurship and the Market Approach to Development, Israel M. Kirzner
- The New Science of Freedom, George Koether
- Financing, Correcting, and Adjustment: Three Ways to Deal With an Imbalance of Payments, Fritz Machlup
- On Protecting One's Self From One's Friends, Don Paarlberg
- Recollections Re a Kindred Spirit, William A. Paton
- Ludwig Von Mises, William H. Peterson
- The Economic-power Syndrome, Sylvester Petro
- Ownership As a Social Function, Paul L. Poirot
- To Abdicate Or Not, Leonard E. Read
- The Book In the Market Place, Henry Regnery
- Lange, Mises and Praxeology: the Retreat From Marxism, Murray N. Rothbard
- The Production and Exchange of Used Body Parts, Simon Rottenberg
- The Education of Lord Acton, Robert L. Schuettinger
- Chicago Monetary Tradition In the Light of Austrian Theory, Hans F. Sennholz
- Hubris and Environmental Variance, Joseph J. Spengler
- An Application of Economics In Biology, Gordon Tullock
- What Mises Did For Me, John V. Van Sickle
- Economics In a Changing World, G. C. Wiegand
- Can a Liberal Be an Equalitarian? Leland B. Yeager
- The Political Economy of Nostalgia, Ramon Diaz
En Torno a la Funcion del Capital
Joaquín Reig
(Algunas de las cosas que Mises nos enseñó)
“Marx utilizó, en sentido peyorativo, desde Juego, las palabras capitalismo, capital y capitalistas, al igual que hoy la mayor parte de las gentes las emplean ... Tales vocablos, no obstante, reflejan con extraordinaria justeza qué fué aquello que, primordialmente, provocó el maravilloso progreso de los dos últimos siglos, es decir, esa incesante mejoría del nivel de vida de unas masas humanas en contínuo crecimiento.” (Mises).
Lo que los hombres lamentamos—sin, desde luego, la mayoría saberlo—es una capitalización insuficiente; nos quejamos de no disponer, en cuantía bastante, de aquellos medios necesarios para alcanzar los objetivos anhelados. Consumir más—a no dudar, lo deseado—exige mayor producción. Para ampliar ésta, sin embargo, preciso resulta disponer de supletorios instrumentos, merced a los cuales cabrá mejor aprovechar los recursos naturales disponibles. La obtención de tales factores presupone anterior ahorro: haber destinado parte de la previa actividad humana a la preparación de esos bienes económicos—capital—que el incremento de la producción requiere. Los problemas de nuestro tiempo, como desde el albor de la humanidad sucede, sólo a base de más capital pueden ser eficazmente abordados.
Lo dramático, sin embargo, es que el capital sólo aparece bajo una economía de mercado; en un orden social donde exista la propiedad privada de los medios de producción, los cuales, consecuentemente, pueden ser contratados, registrando así sus respectivos y correspondientes precios. El régimen colectivista tiene bienes de capital, pero no sabe qué sea capital. Porque el capital no es una cosa material, sino un concepto intelectual; es, en definitiva, el valor de mercado de los medios de producción que el sujeto económico tiene a su disposición. Y no son los factores disponibles lo importante para la producción, sino la utilidad social, el valor, en cada supuesto concreto, de aquéllos.
Hay minas, terrenos, aguas y múltiples riquezas naturales inexplotables por carecerse de los elementos complementarios necesarios para su aprovechamiento. No constituyen aquellos elementos capital; lo serán sólo cuando surjan, gracias al ahorro, los medios que permitan su explotación. El nivel de vida de un país no depende de las riquezas naturales que posea, sino de la cuantía del capital disponible. Véase el caso de Suiza, en un sentido, y el de China o la India, en el contrario.
Por eso, factores de producción, que, en cierto momento, fueron capital, pueden, después, dejar de serlo (con independencia de su desgaste). Supongamos una empresa ferroviaria, hace treinta años, con un parque de cien locomotoras de vapor, es decir, las, entonces, predominantemente empleadas. Constituían ellas, a la sazón, un capital importante. Esa misma empresa, ahora, con idénticas locomotoras, hallaríase, en cambio, totalmente descapitalizada, ya que, según todo el mundo sabe, dicho tipo de tracción resulta antieconómico, inexplotable. Las locomotoras de vapor, consecuentemente, carecen hoy de valor, de interés social, ya no son capital, aunque ayer lo fueron.
Ese instrumento mental que es el capital -basado en los precios del mercado- nos indica qué, cómo y cuánto producir, Si la organización social imperante impide recurrir a tal herramienta intelectual, la actividad económica toda se hunde en insoluble caos.
“Los empresarios -nos enseña Mises- invierten el capital, ahorrado por terceros, procurando satisfacer, del modo mejor, las más urgentes y todavía no satisfechas necesidades de los consumidores. Junto a los investigadores, dedicados a perfeccionar los métodos de producción, desempeñan los empresarios, inmediatamente después de quienes supieron ahorrar, papel decisivo en el progreso económico. Los demás no hacemos sino beneficiarnos de la actuación de aquéllos. Cualquiera que sea nuestra actividad, somo simples beneficiarios de un progreso al que en nada contribuimos.
Lo carac terístico de la economía de mercado es beneficiar a la inmensa mayoría, que recibe la parte del león de unas mejoras conseguidas gracias exclusivamente al actuar de aquellos tres grupos rectores, integrados por quienes ahorran, quienes invierten y quienes arbitran fórmulas nuevas que permiten mejor explotar los bienes disponibles.”
Estas lucubraciones en torno al concepto de capital nos hacen ver el defecto básico del socialismo. El régimen colectivista, por definición, exige que ningún factor de producción quede en manos privadas. Dichos bienes son todos propiedad del estado o de cualquier otro único ente colectivo; no pueden ser contratados en ningún mercado y, por tanto, carecen de precios que reflejen su respectivo interés social.
Plantéase, en esta situación, al rector de la comunidad socialista el azorante problema de determinar cómo producir aquello que él mismo -por sí y ante sí, car tel est notre bon plaisir- haya decidido sea lo que más conviene elaborar. Se puede, desde luego, fabricar escupideras de oro o juguetes de molibdeno para los niños, cuando se desconoce el precio del oro y del molibdeno.
Mises sitúa la cuestión con su habitual claridad:
“Una ciudad puede ser abastecida de agua potable mediante transportar el líquido elemento desde lejanos manantiales a través de acueductos -método empleado desde los tiempos más remotos- o bien purificando, por unos u otros medios, el agua insalubre existente en la localidad. Pero ¿por qué no producir agua sintética? La técnica moderna ha tiempo resolvió cuantas dificultades tal producción plantea. El hombre medio, dominado siempre por su inercia mental, limitaríase a calificar la idea de absurda. La única razón, sin embargo, por la que no producimos hoy agua potable sintética -aunque tal vez mañana lo hagamos- es porque el cálculo económico nos advierte que se trata del procedimiento más caro de todos los conocidos. Eliminado el cálculo económico, la elección racional deviene imposible.”
La contabilidad de capital nos permite saber si se gana o se pierde en la actividad económica; advertimos si lo que producimos vale más o vale menos que los factores invertidos. En el primera caso, nuestra actuación tiene interés social y conviene proseguirla; en el segundo, no, y debemos orientar el esfuerzo en otra dirección.
El dictador socialista, cercado siempre por las tinieblas que el propio sistema engendra, jamás puede servirse de esas clarísimas directrices con las que el mercado, a diario, en bien de los consumidores, guía al productor capitalista. La ceguera de aquél, sin embargo, hoy en día, todavía no es absoluta, pues, mal que bien, se orienta contemplando la actuación del mundo llamado capitalista. Se entera, así, de que no debe producir agua sintética, ni utilizar locomotoras de vapor, pero ha de cometer, no obstante, errores garrafales, por buena que su intención sea -cosa que jamás se discute- pues las situaciones no son nunca idénticas y cada problema económico hay que resolverlo según el momento específico y la circunstancia particular requiera.
Esta intrínseca falla del socialismo, descubierta por Mises hace cincuenta años, aunque al principio fué ampliamente discutida, ya nadie la pone en duda. Los socialistas informados -que, por desgracia, son pocos- desde hace veinticinco años no se atreven a discutir con el maestro; pretenden simplemente escamotear el tema. Se acabó para el socialismo el blasonar de científico; se ha transformado, simplemente, en una secta religiosa, cuyos dogmas no deben ser jamás sometidos al análisis lógico. El superior no se equivoca nunca, pues es -no lo dude nadie-infinitamente sabio y bondadoso. He ahí el absurdo mito en que todo el edificio intelectual socialista se apoya.
“Las gentes -nos recuerda Mises- frecuentemente califican de religión al socialismo. Y, ciertamente, lo es; es la religión de la autodivinización. El Estado y el Gobierno al que los planificadores aluden, el Pueblo de los nacionalistas, la Sociedad de los marxistas y la Humanidad de los positivistas son distintos nombres que adopta el dios de la nueva religión. Tales símbolos, sin embargo, tan sólo sirven para que tras ellos se oculte la personal voluntad del reformador. Asignando a su ídolo cuantos atributos los teólogos a Dios otorgan, el engreído ego se autobeatifica. También él es -piensa- infinitamente bueno, omnipotente, omnipresente, omnisciente y eterno; el único ser perfecto en este imperfecto mundo.
La economía debe rehuir el fanatismo y la sectaria ofuscación. Argumento alguno, desde luego, impresiona al fiel devoto. La más leve crítica resulta para él escandalosa y recusable blasfemia, impío ataque lanzado por gentes malvadas contra la gloria imperecedera de su deidad. La economía se interesa por la teoría socialista, no por las motivaciones psicológicas que inducen a las gentes a caer en la estatolatría.”
Una vez aprehendido el concepto, fácil es percatarse de que, mediante manipulaciones monetarias, huérfanas de ahorro y simplemente ampliadoras de la masa dineraria, no se crea capital, ni por tanto riqueza. (Si ello no fuera así, lo mejor sería arrojar, con un helicóptero, toneladas de papel moneda a lo largo y lo ancho del país).
La Administración amplía la cuantía de los medios de pago, particularmente, otorgando créditos baratos, que el mercado no concedería, ya sea a través de sus organismos, ya sea induciendo a ello, por unos u otros medios, a la banca. La creación de billetes tiene importancia monetaria pero, a estos efectos, podemos pasarla por alto. La banca privada, nótese incidentalmente, bajo un régimen de libertad, no puede sino limitarse a administrar, del modo más acertado posible, los factores monetarios que encuentra dados. Su propia supervivencia le veda lanzarse a ningún boom expansionista.
El bajo interés de los aludidos créditos oficiales perturba la marcha de la economía, desembocando, al cabo del tiempo, en la temida crisis económica. Dichos arbitrismos crediticios dan, en efecto, lugar a inversiones -aparentemente lucrativas, dado el bajo interés que pagan- para las que no existen, sin embargo, los requeridos factores de producción. Los que, en las producciones alentadas por el crédito fácil, son invertidos, detráense, por desgracia, de otras, más conformes con los deseos del mercado consumidor, cuyas actividades consiguientemente quedan restringidas. Y la crisis es simplemente la purga, el correctivo, que obliga a abandonar empresas disconformes con las necesidades de los compradores. En tal sentido, aquélla, como la fiebre, constituye un bien.
Dice a este respecto Mises:
“Es el proceso democrático del mercado lo que origina la crisis. Los consumidores no están conformes con el modo cómo los empresarios emplean los factores de producción. Muestran su disconformidad comprando y dejando de comprar. Los empresarios, cegados por el espejismo de unas tasas de interés artificialmente rebajadas, no han efectuado aquellas inversiones que permitirían atender del mejor modo posible las más acuciantes necesidades del público. Tales yerros quedan al descubierto en cuanto la expansión crediticia se detiene. La actitud de los consumidores obliga a los empresarios a reajustar de nuevo sus actividades al objeto de dejar atendidas en la mayor medida posible las necesidades de las gentes. Eso que denominamos depresión es precisamente el proceso liquidatorio de los errores del auge, readaptación de la producción a los deseos de los consumidores.
En la economía socialista, por el contrario, sólo cuentan los juicios de valor del gobernante; las masas no tienen medios que les permitan imponer sus preferencias. El dictador no se preocupa de si las gentes están o no conformes con la cuantía de lo que él acuerda dedicar al consumo y de lo que él decide reservar para ulteriores inversiones. Si la importancia de estas últimas obliga a drásticamente reducir el consumo, el pueblo pasa hambre y se aguanta. No se produce crisis alguna porque las gentes no pueden expresar su descontento. Donde no hay vida mercantil, ésta no puede ser próspera ni adversa. En tales circunstancias habrá pobreza e inanición, pero nunca crisis en el sentido que el vocablo tiene en la economía de mercado. Cuando los hombres no pueden optar ni preferir, en forma alguna cábeles protestar contra la orientación dada a las actividades productivas.”
El intervencionismo provoca siempre efectos contrarios a los que los patrocinadores del sistema aspiran a conseguir. Tal acontece, como no podía ser menos, con el intervencionismo de tipo monetario que contemplamos. Se desea, al multiplicar los medios de pago, reduciendo el interés, incrementar la producción; y lo único que se consigue es malinvertir los siempre escasos factores de producción disponibles; o sea, disminuir, al final, el valor de lo producido.
Con todos los precios sucede lo mismo. Los máximos, aquéllos por encima de los cuales no se debería comerciar, precisamente porque el bien en cuestión es considerado de grande interés social, dan lugar a que las explotaciones marginales, al devenir antieconómicas, dejen de producir, con lo que no se amplía, sino que se reduce la producción y el número de quienes efectivamente consiguen disfrutar de la tan apetecida mercancía. Hay, por tanto, mayor escasez; talmente lo que se quería evitar.
Los precios mínimos operan igual, aunque con signo contrario. Hacen aumentar, ponendo en marcha ofertas marginales, la cuantía de unos bienes que, dadas las circunstancias concurrentes, ya resultaban excesivos y cuyos precios, por eso mismo, declinaban. Aparecen los indisponibles excedentes, con los que nadie sabe ya qué hacer.
“Existen y han existido siempre -afirma Misespartidarios de la regulación coactiva de los precios y que, sin embargo, de modo categórico, proclaman ser partidarios de la economía de mercado. El poder público puede, en su opinión, alcanzar los fines que se propone mediante la fijación de precios, salarios y tipos de interés, sin abolir en modo alguno ni el mercado, ni la propiedad privada de los medios de producción. La regulación coactiva de los precios constituye el mejor -o más bien el único- procedimiento para conservar el régimen de empresa privada e impedir el advenimiento del socialismo. Pero indígn anse hasta el paroxismo si se les refuta y se les demuestra que la interferencia en los precios, apar te de empeorar la situación, fatalmente conduce al socialismo.”
Y esto nos lleva al problema de los salarios. Todo trabajador por cuenta ajena, como es natural, desea aumentar sus ingresos, pues quiere vivir mejor (no importa si es en el aspecto espiritual o en el material). Para elevar los salarios han sido ideados arbitrios múltiples. Pero las rentas laborales reales únicamente aumentan cuando se incrementa la productividad del laborador y esto, a no ser que el interesado desee trabajar más, sólo se consigue poniendo a disposición del operario una mayor y mejor constelación de instrumentos de producción previamente elaborados; en otras palabras, más capital.
El capital, que el ahorro crea, abre la posibilidad de iniciar nuevas actividades; crece, con ello, la demanda de trabajadores. Los salarios tienden al alza y se financia ésta, sin perjuicio para nadie, con la supletoria producción que la mayor capitalización lleva aparejada.
“La única diferencia -dice Mises- existente entre las condiciones de trabajo de la era capitalista y de la precapitalista y, aun hoy, entre los países atrasados y los occidentales, consiste en la distinta cuantía del capital disponible. El incremento per capita de este último eleva, por una parte, la utilidad marginal del trabajo y, por otra, abarata las marcancías. Ningún adelanto técnico cabe adoptar si previamente no ha sido ahorrado el correspondiente capital. Sólo el ahorro, la acumulación de nuevos capitales, ha permitido ir, paulatinamente, desterrando la penosa búsqueda de alimentos a que se hallaba obligado el primitivo hombre de las cavernas e implantar, en su lugar, los fecundos métodos modernos de producción. Tan trascendental mutación fué posible gracias a aquellas ideas, amparadoras de la propiedad privada de los medios de producción, que, proporcionando garantías y seguridades, permitieron la acumulación de capital.”
La coactiva elevación de las retribuciones salariales no eleva, en cambio, la renta de la masa trabajadora; loque produce es paro, en las explotaciones marginales. Se be neficia a algunos laboradores, reduciéndose los ingresos de otros hermanos suyos, quedando además inactiva una parte del capital disponible, lo que supone, en la práctica, evidente descapitalización.
Para quien haya logrado percatarse de la íntima relación entre capital y salarios y advierta las desastradas consecuencias sociales que lleva aparejada la coactiva elevación de las rentas laborales, resulta en verdad entristecedora la posición adoptada en estas materias por la opinión pública, que Mises, en gráfico pasaje, bien retrata:
“Propugnar un alza constante de la remuneración laboral -por decisión del poder público o como consecuencia de la intimidación o la fuerza de los sindicatos- constituye la esencia de la filosofía actual. Elevar los salarios más allá del límite que un mercado inadulterado señalaría, repútase medida indispensable desde el punto de vista económico, amparada además por eternas normas morales. Quien tenga la audacia de oponerse a ese dogma ético-económico veráse, de inmediato, menospreciado como imagen viva de la máxima perversidad e ignorancia. El temor, el asombro, con que las tribus primitivas contemplaban a quienquiera osara violar una norma reputada tabú, es idéntico al que traducen nuestros contemporáneos cuando alguien es lo bastante temerario como para, de algún modo, atreverse a cruzar “las líneas de piquetes”. Millones de seres exultan de gozo cuando los esquiroles reciben “su merecido castigo” de manos de los huelguistas, en tanto que policías, fiscales y jueces o se encierran en altiva neutralidad o, incluso, pónense del lado de quienes provocan las algaradas.”
Lo anterior nos lleva de la mano a aludir, aunque sólo sea de pasada, al tan manoseado tema del “asociacionismo laboral” y al no menos manido del “derecho de huelga”. Dos párrafos magistrales bastan a Mises para situar ambas cuestiones en sus estrictos y exactos términos:
“La esencia del problema nada tiene que ver con el “derecho de asociación”. Tan sólo se trata de dilucidar si conviene conferir a determinado grupo de ciudadanos el privilegio de impunemente recurrir a la acción violenta. Estamos ante un problema idéntico al que suscitan las actividades del Ku Klux Klan.
Incorrecto también resulta enfocar el asunto desde el ángulo del “derecho a la huelga”. No se discute el derecho a abandonar el trabajo, sino la facultad de obligar a otros -mediante la intimidación y la violencia- a holgar. Cuando los sindicatos, para justificar su actuación intimidatoria y violenta, invocan el derecho de huelga, no quedan mejor emplazados que la secta religiosa que pretendiera ampararse en la libertad de conciencia para perseguir al disidente.”
Y hablando de capital no es posible dejar de aludir a las exacciones fiscales.
Los impuestos son necesarios porque, para mantener el orden público, tal cual están las cosas, ineludible parece el Estado. La financiación del aparato estatal constituye un costo, es decir, un medio necesario para alcanzar un fin deseado. Conviene, por lo dicho, desde un punto de vista social, sufragar tal dispendio mediante contribuciones que incidan lo menos posible en el ahorro. (Los impuestos indirectos, en este sentido, provocan una tendencia al alza de los salarios y al mejoramiento del nivel de vida de las clases trabajadoras, al afectar en menor medida la creación de capital).
Que el Estado gaste lo menos posible, una vez debidamente atendido el respeto a la ley, es siempre beneficioso para todos y particularmente para quienes gozan de menores medios, pues lo que no sea consumido por la Administración se dedicará, forzosamente, a las producciones que desde un punto de vista social más interesen.
“Cuando la ley -dice a este respecto Mises- hace prohibitivo, por ejemplo, acumular más de diez millones o ganar más de un millón al año, aparta, en determinado momento, del proceso productivo, precisamente, a aquellos indivíduos que mejor están atendiendo los deseos de los consumidores. Si una disposición de este tipo hubiera sido dictada en los Estados Unidos hace cincuenta afios, muchos de los que hoy son multimillonarios vivirían en condiciones bastante más modestas. Ahora bien, todas esas industrias, que abastecen a las masas con mercancías nunca soñadas, operarían, de haberse llegado a montar, a escala reducida, hallándose, en consecuencia, sus producciones fuera del alcance del hombre medio. Perjudica, evidentemente, a los consumidores el vedar a los empresarios más eficientes que amplíen la esfera de sus actividades, en la medida que conforman con los deseos de las gentes, deseos que éstas patentizan al adquirir los productos por aquéllos ofrecidos. Plantéase de nuevo el dilema: ¿ a quién debe corresponder la suprema decisión, a los consumidores o al jerarca? En un mercado sin trabas, el consumidor, comprando o absteniéndose de comprar, determina, en definitiva, los ingresos y la fortuna de cada uno. ¿ Es prudente investir a quienes detentan el poder con la facultad de alterar la voluntad de los consumidores?”
La falta de conocimiento popular, en estas materias, es grande. Por eso, ni aun los gobernantes más ilustrados y mejor intencionados pueden, muchas veces, aplicar medidas, altamente beneficiosas para las masas, pero que éstas airadas rechazan, sin advertir que están laborando contra sus propios intereses.
Difundir información acerca de cómo, realmente, funciona la economía, acerca de cómo opera, en definitiva, la actividad toda del hombre, es lo que más urgente parece. Impuestas las gentes de tales verdades, cabría, sin dificultad, reducir el gasto estatal a aquello que el mantenimiento del orden público en cada caso exigiera; evitar la creación de medios de pago con créditos de carácter político y administrativo; fomentar la capitalización, a través de un sistema impositivo que castigara lo menos posible al ahorro; desterrando, en definitiva, un intervencionismo que sólo indeseadas consecuencias acarrea y que paulatinamente nos va entregando en manos del marxismo, la más grande aberración económica jamás ideada por el hombre. Se conseguiría, así, -y esto parece lo más importante- elevar, en el mayor grado posible, el nivel de vida de todas las clases sociales, particularmente el de las de menores medios.
Dice Mises, en el último párrafo de La Acción Humana, donde parece querer condensar todo su trascendente mensaje:
“El saber acumulado por la ciencia económica forma parte fundamental de la civilización; en dicho saber se basa el industrialismo moderno y en él se han amparado cuantos triunfos morales, intelectuales, técnicos y terapéuticos ha alcanzado el hombre a lo largo de las últimas centurias. El género humano decidirá si quiere hacer uso adecuado del inapreciable tesoro de conocimientos que este acervo supone o si, por el contrario, prefiere no utilizarlo. Ahora bien, si los mortales prescinden de tan espléndidos hallazgos y siguen menospreciando tan fecundas enseñanzas, no por ello desvirtuarán la ciencia económica; se limitarán, desgraciadamente, a destruir la sociedad y a aniquilar al género humano.”
Son éstas unas pocas de las múltiples verdades con que Mises amplía nuestro conocimiento. Pero, aparte de tan invaluable ilustración, el gran legado del maestro, creo yo, consiste en habernos enseñado a muchos a pensar, es decir, a mentalmente especular con el rigor máximo y la justeza mayor que a cada uno permite su personal limitación.
N. B.—Todos los subrayados del texto son del firmante.